El chico sin color

Reposaba desde hace más de dos años aún envuelto en esa antipática película de plástico que le ponen a los libros nuevos, para evitar que los lectores la hojeen. Había estado en estantes, en cajas, en casas diferentes.

Un libro no existe hasta que alguien lo lee.

No fue sino por el comentario que hizo hace un año o más mi tocayo Miguel Mónaco, que me dejó la inquietud de entrarle a Los años de peregrinación del chico sin color, de Haruki Murakami. Él es un avezado lector de Murakami y de otros autores de la literatura japonesa.

Muchos meses después llegaron las vacaciones de diciembre y con el descenso de la temperatura, apareció el tiempo y el espacio para comenzar a leerlo.

Jamás quiero ser un crítico. Mucho menos de Murakami. Pero este libro, de estructura sencilla, dentro de las obras que componen el universo del autor, habla sobre la soledad, el abandono, la amistad, las pérdidas. Es un viaje al mundo interior de Tsukuru Tazaki y a la vez hacia el inconsciente del lector.

Si hay algo que deja la historia, es lo vital que puede ser para todo ser humano resolver los asuntos pendientes que se van dejando en el camino de la vida, porque solo así se acaban las incógnitas, se aclaran las suposiciones y se consigue un poco más de tranquilidad. Pero para hacerlo se requiere de coraje y a veces, como es el caso del personaje, de alguna ayuda externa que te lleve a descubrirlo.

De Murakami me gustan las historias, pero sobre todo el estilo. Sus textos son inteligentemente hilados, cada párrafo está perfectamente escrito, maravillosamente curado, pero de cuando en cuando aparece alguno capaz de sacudirte. Uno de esos que cuando terminas de leerlo, suspiras y cierras el libro por unos segundos, por unos minutos, para después volver a leerlo varias veces, como queriendo aprenderlo.

“En lo más profundo de si mismo, Tsukuro Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen solo mediante la armonía. Se unen más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Esos son los cimientos de la verdadera armonía.”

 

@miguelsogbi

 

 

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