“Coño e tu madre, me miras la cara y te exploto”, fue lo último que escuchó antes de que la mano lo empujara por el cuello directo a la maleta del carro.
Adentro, es triplemente oscuro. A la oscuridad de la noche, se suma la oscuridad de la cajuela y a la de la cajuela, se suma la oscuridad de la incertidumbre que genera el secuestro.
“Dígame su nombre, edad, ocupación” espetó el sub comisario, mientras un funcionario escribía en un computador los datos de la víctima.
“José Tomás Quintero, abogado, 54 años”.
No era un mal hombre. Tampoco era bueno. Su profesión lo llevó a relacionarse con altos funcionarios del poder judicial. Tenía contactos. Hacía negocios. Lobby, mucho lobby en donde no se puede hacer eso, en los tribunales, donde la balanza de la ley actúa sola, donde no se necesita influencia, donde la conciencia del juez es “suficiente”. Se divorció hace ya quince años. Se convirtió en un padre intermitente. Mejor abogado que hombre de familia. No se puede ser perfecto.
Rodó en la oscuridad una hora y treinta aproximadamente. No tenía idea de donde estaba, de adonde lo llevaban. Solo sabía que los últimos cincuenta metros habían sido sobre tierra. Los cauchos del carro hicieron repicar las piedrecitas contra el metal. El movimiento cambiaba. Estaba mareado. En la maleta el humo es peligroso. Se hizo para llevar equipaje, no gente. El olor del dióxido de carbono causaba una suerte de repulsión. No hacía más que recordar aquellos documentales de la cámara de gas de los nazis y aquella película venezolana del siglo pasado, en la que matan al carajito, por hacer la misma gracia. Se preguntaba si tendría el mismo destino.
¿Tenía usted alguna idea de adonde lo llevaban?. El funcionario escribía, con errores ortográficos, pero escribía.
Cuando abrieron la maleta, sintió un respiro. El diminuto espacio se ventiló. “Si me miras te reviento”. Alcanzó a ponerle una franela negra sobre la cara. Como una suerte de rudimentario pasamontañas. Ahora más bien parecía uno de esos tirapiedras de la universidad. “Con cuidaito te bajas y cuidao con una vaina”. Guiado por la presión que ejercía el cañón de la pistola en su nuca, avanzó hasta lo que era una casa. Lo sentaron en una silla.
“Cómo iba a saber donde estaba, ni quiénes eran”. Le hubiese gustado saberlo desde el principio
“Te voy a explicá una vaina” le dijo, quien posteriormente se supo, era conocido como alias el primo. “Esta mierda es un secuestro. De los rapiditos. Si ayudas, salimos de esta vaina violencia y hoy mismo tas durmiendo en tu casa.
Sono el celular. El primo atendió. Del otro lado le dijeron:
- Quítale todo. Revísale cartera, tarjetas, toda mierda. Averigua en que trabaja. Si tiene real. A que se dedica…
“Mira viejo, lo que queremos son cien palos. Sino tas muerto”. En el fondo si salían con diez, con veinte, con diez y una computadora, estaba bien. En ese negocio hay días buenos y días malos. Lo importante es siempre salir con algo. No siempre se paga el riesgo.
“Él era la cabeza de la operación. Era el que llamaba. El que daba las instrucciones. Los otros seguían las instrucciones”. El funcionario continuaba escribiendo.
Repicó el teléfono. Iba a repicar varias veces más esa noche. El primo atendió.
- Qué pasooo….?
- El viejo es abogao. Parece que de los arrechos
- Apura la vaina antes de que esta mierda se complique.
José Tomás estaba indignado. En esas situaciones el ser humano se hace muy pequeño. La vida es muy frágil. Es como estar enfermo. Te das cuenta que eres vulnerable.
“Mira viejo. Tu lo que vas a hacer es llamar a tu familia, a tus amigos y les vas a decí que paran cien palos. Sino los consigues tu mismo los invitas pal funeral”. No tenía a quien llamar. No sabía quien iba a mover cielo y tierra para conseguir el dinero. No había sembrado demasiados afectos a lo largo de su vida. El mundo se le hizo pequeño.
“Mira, yo lo que quiero es arreglar esto. En mi oficina siempre tengo diez millones en efectivo. Agárrense esa vaina y dejemos esto así”
Volvió a sonar.
- Que dizque lo que tiene son diez palos…
- Coño e la madre…
- Si quieres lo reviento ya
- No enredes la vaina. Vamos a buscar los reales
Le daba cachazos en la cabeza.”Repite conmigo. La próxima vez voy a tener cien palos” y José Tomás repetía humillado y adolorido.
“Le dijo al otro. Al que hablaba poco, que fuera a mi oficina a buscar la plata y que cuando la tuviera en la mano, lo llamara”. El funcionario no era el que hacía las preguntas. Solo escribía.
Esta vez no lo dejó ni repicar.
- Acá tengo la vaina
- Llévate eso – Le dijo el primo, al que le decían el mudo.
Colgó. Volvió a marcar. No caía la llamada. Volvió a apretar el botón verde.
- Ya…
- Anda y tíralo por ahí en el hombrillo de una autopista. Quítale los zapatos y la camisa
“Te voy a matá viejo guevón. Si te pones con vaina te voy a matá.”
El primo realizó el traslado solo. Lo soltó en el hombrillo de la autopista. En Caracas ya se sabe que cuando alguien anda medio desnudo por la calle, si tiene el pelo largo es un indigente y si lo lleva corto es un secuestrado. Un muchacho que manejaba un camión lo ayudó.
José Tomás pasó de la indignación a la rabia. Quería venganza. Llamó a sus amigos en la policía. Los encontraron en una redada. Al día siguiente le avisaron. Le dijeron “Quintero, acá los tenemos”.
Un funcionario lo llevó hasta un galpón en las afueras. Tenía ansiedad. El miedo natural ante una situación como esta, pero la sensación de que se estaba haciendo justicia.
Estaban los tres amarrados. Dos de ellos lloraban como unas niñas, al mismo tiempo que tosían y pedían clemencia. El tercero estaba con la cabeza caída.
Uno de los métodos que utilizan los policías para castigar a delincuentes, es el de taparles la cara con una bolsa y rociarles insecticida adentro. El olor, el ardor, la falta de aire, la intoxicación, una tortura terrible.
“Con este se nos pasó la mano”. Le dijo el que comandó la operación.”Parece que era asmático. Pero no hay güiro. ¿Quieres verlo? Este era el que coordinaba la vaina. Teníamos tiempo cazándolo. Que casualidad lo del apellido”.
Le destaparon la cara. Estaba color púrpura. Hizo silencio. Era su sangre.
El funcionario imprimió el oficio y le pidió que firmara. 
