Hace un par de años, mientras me encontraba haciendo un curso en la Universidad de Harvard, a la hora del almuerzo, caminaba por alguna calle de Cambridge, haciendo tiempo para regresar al aula. En aquel deambular, me llamó mucho la atención un tarantín en el medio de la calle, en el que se vendían libros y otros artículos.
Lo curioso de la tienda, es que no tenía quien la atienda. Cada artículo tenía un precio y en el medio de una mesa, reposaba una pequeña caja, que indicaba a los interesados, donde dejar el pago, en caso de que estuviesen interesados en algo.
No recuerdo quien, me explicó que era un experimento social, que realizaban algunos alumnos para probar la honestidad de las personas. No podría asegurar el resultado del experimento, pero en los sucesivos días, la caja, el dinero y los productos estaban ahí.
Recientemente estuve en Orlando, visitando con mi familia, algunos de los parques que se encuentran en esa ciudad.
Apunto de entrar a una atracción, comenzó a llover copiosamente. Rápidamente la familia se refugió y yo junto a mi prima política que vive en Estados Unidos quedamos a la intemperie, mientras buscaba que hacer con el cochecito de mi hija Clarisa de seis meses y ella me dijo que lo dejara ahí. Prácticamente tirado junto a otros coches.
Sorprendido y desconfiando lo hice. Al mismo tiempo, le preguntaba que hacer con las bolsas y una pañalera. Me volvió a insistir en que dejara todo sobre el coche. Que nada iba a pasar.
A la salida, todo estaba intacto. Con la excepción de que los habían ordenado en un parqueadero de carritos de bebé, en el que los organizaron metódicamente.
Nada se había movido de su sitio. Nadie había tocado ninguna de nuestras pertenencias, ni las de las decenas de personas que habían hecho lo mismo.
Inmediatamente recordé aquel experimento. También pensé en aquellos días en los que llegamos al apartamento de unos perfectos desconocidos en Nueva York, que le alquilaron su casa a otros desconocidos, mientras estaban de vacaciones. Aún seguimos siendo desconocidos.
No es una oda a la sociedad americana. Claro que es una sociedad con defectos, como todas las sociedades. Tampoco espero que estando en Estados Unidos dejen sus cosas tiradas en cualquier lugar. Pero estoy convencido de que el valor de la honestidad, abunda en el ciudadano común de ese país.
Pero esto no es todo. También hay una nota triste en esta historia. Para muchos de los que leen este blog, es conocida la odisea por la que atraviesa cualquier venezolano a la hora de viajar.
Como parte de las soluciones a este tópico, han surgido agencias de carros, que alquilan casi de manera exclusiva a venezolanos (un 80 por ciento de los clientes) y usan la modalidad de aceptar el pago en bolívares en Venezuela y darte el carro en Miami.
Una vez llegado a la agencia, a la que frecuentemente le alquilo, me llevo la grata sorpresa, que el vehículo que alquilamos es a estrenar. Cuando lo reviso, luego de aspirar ese agradable olor a auto nuevo y revisarlo antes de la entrega, me percato que el carro no tiene alfombras. Sorprendido y preocupado, de que una familia tan numerosa en niños o por qué no los adultos, pudiesen ensuciar las alfombras originales, pregunté:
- Todo bien. Lo único raro es que este carro no tiene alfombras.
A lo que me respondieron:
- Es que se las roban.






